El Biotopo Protegido de Meatzaldea-Zona Minera de Bizkaia se localiza al noroeste de Bizkaia, en la comarca de las Encartaciones (Enkarterri), y se reparte entre los términos municipales de Galdames (807,21 hectáreas, el 84,3 % del espacio) y Güeñes (150,32 hectáreas, el 15,7 %), con una superficie total de 957,53 hectáreas a las que se suma una zona periférica de protección de 261,5 hectáreas. El espacio abarca una parte significativa del monte Grumeran o Alta de Galdames e integra la cumbre del monte Eretza (887 metros), hito paisajístico de la zona. Su nombre, Meatzaldea (zona minera, en euskera), remite a la secular explotación de los filones de hierro que se prolongó hasta principios del siglo XX y que modeló un paisaje único en la Comunidad Autónoma del País Vasco.
La declaración como Biotopo Protegido se formalizó mediante el Decreto 26/2015, de 10 de marzo, al amparo del artículo 21 del texto refundido de la Ley de Conservación de la Naturaleza del País Vasco (Decreto Legislativo 1/2014, de 15 de abril), tras una tramitación iniciada en 2006. La figura persigue proteger de forma integrada los patrimonios natural, paisajístico y cultural del enclave, con especial atención a la conservación del sistema kárstico —tanto del exokarst como del endokarst— y de los restos de la actividad minera. Para la divulgación y la sensibilización ambiental, la administración vasca cuenta con el equipamiento de referencia Ekoetxea Meatzaldea, con sedes en Ortuella (Peñas Negras) y Abanto-Zierbena (Gallarta).
El Centro de Interpretación Ambiental Peñas Negras es la puerta de entrada al biotopo. Situado en el collado de Peñas Negras, en la zona alta de Ortuella y a unos 3 km del barrio minero de La Arboleda, este equipamiento del Gobierno Vasco forma parte de la red Ekoetxea, que dispone además de una segunda sede en Gallarta (Abanto-Zierbena). Desde su área recreativa y su terraza-observatorio se aprecia un amplio arco paisajístico que ayuda a comprender la profunda transformación del entorno provocada por la minería.
La exposición permanente gira en torno al mineral de hierro como recurso ambiental, la historia de la cuenca minera, sus núcleos de población, la geomorfología y la flora y la fauna del espacio. El centro ofrece siete itinerarios temáticos por el entorno, además de un museo al aire libre con piezas restauradas de antiguas explotaciones y ejemplos de restauración de la vegetación autóctona.
La explotación de los filones de hierro de los montes de Triano y Galdames durante los siglos XIX y XX dejó un paisaje singular, único en el País Vasco, protagonizado por las espectaculares cortas mineras nacidas del vaciado de los filones. El paraje conocido como Alta de Galdames o monte Grumeran es uno de sus mejores exponentes. El conjunto de minas, poblados, cargaderos y lavaderos de mineral conforma un valioso patrimonio industrial, hoy en distinto estado de conservación, que evidencia la magnitud del cambio del medio. Estos afloramientos están reconocidos en el Inventario de Lugares de Interés Geológico de la CAPV como Filones de hierro en Laia-El Sauco.
Más allá de la huella minera, el principal valor natural del biotopo reside en su geodiversidad kárstica. En superficie, el modelado calizo se manifiesta en dolinas, fuentes y sumideros, entre los que destacan los característicos lapiaces de agujas; bajo tierra, el área presenta una de las mayores densidades de cavernamiento de la Comunidad Autónoma del País Vasco. El Decreto de declaración recoge este sistema kárstico como una unidad integrada, lo que permite planificar conjuntamente el endokarst y el exokarst. La conservación de cuevas y bocaminas se regula de forma específica, pues albergan fauna sensible y constituyen un patrimonio frágil.
El biotopo conserva también un notable patrimonio cultural anterior a la minería industrial. Destacan varios monumentos megalíticos, reconocidos como Bien Cultural, y numerosas haizeolak o ferrerías de monte, vestigios de la transformación del hierro entre la Edad Media y el desarrollo de la industria moderna. Este legado, integrado en el paisaje, refuerza el carácter del espacio como testimonio de la relación histórica entre el ser humano y los recursos del subsuelo.
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La avifauna se distribuye entre los ambientes rupícolas y los espacios forestales y abiertos. En los cortados rocosos, simas y paredones de las antiguas cortas crían rapaces rupícolas y, de forma muy característica, colonias de chova piquirroja (Pyrrhocorax pyrrhocorax) y chova piquigualda (Pyrrhocorax graculus); la de chova piquigualda figura entre las colonias de cría situadas a menor altitud de la Península Ibérica, lo que confiere al espacio un valor ornitológico singular. Entre las grandes rapaces vinculadas a estos ambientes se citan el halcón peregrino (Falco peregrinus), el alimoche común (Neophron percnopterus) y el buitre leonado (Gyps fulvus), mientras que los pastizales, brezales y bosques de barranco albergan, respectivamente, aves de medios abiertos y aves forestales propias de la campiña atlántica.
La singularidad faunística del biotopo está estrechamente ligada a su carácter kárstico y minero. Las numerosas cavidades, simas y bocaminas del espacio constituyen un refugio de primer orden para los quirópteros cavernícolas, grupo de mamíferos catalogado como amenazado y especialmente vulnerable a las alteraciones del medio subterráneo, cuya conservación es uno de los motivos expresos de protección del enclave. Por su parte, los cortados rocosos y las paredes de las antiguas cortas ofrecen lugares de nidificación a las rapaces rupícolas, también consideradas vulnerables.
A esta fauna ligada a la roca y al subsuelo se suma la propia de los ambientes forestales y de la campiña atlántica. Los bosques de barranco de Aranaga, el Cepal y el Grazal, el encinar del pico de La Cruz y las plantaciones forestales dan cobijo a mamíferos y aves característicos de los robledales y bosques mixtos cantábricos, mientras que los pastos de diente y los brezales sostienen comunidades de ambientes abiertos. Las pequeñas zonas húmedas del espacio —como las charcas del Sauco y las charcas de la Buena— y los arroyos completan la diversidad de hábitats y aportan puntos de agua relevantes para los anfibios y los invertebrados.
La cubierta vegetal del Biotopo Protegido de Meatzaldea-Zona Minera de Bizkaia se integra plenamente en la región biogeográfica atlántica y refleja tanto las condiciones del sustrato calizo como la intensa intervención humana ligada a la minería, la ganadería extensiva y las repoblaciones forestales. El resultado es un mosaico de bosques autóctonos, matorrales, pastos y plantaciones, en el que la vegetación de roquedos básicos ocupa una superficie destacada por su asociación a cortados, lapiaces y cortas mineras. Entre los hábitats de mayor interés figuran los bosques de barranco de Aranaga, el Cepal y el Grazal, así como el encinar del pico de La Cruz.
En los suelos ácidos domina el bosque de carballo o roble pedunculado (Quercus robur), la formación arbolada autóctona más extensa del espacio, acompañado de manera puntual por el roble albar (Quercus petraea) y el abedul (Betula spp.) en su orla. En las solanas y suelos más secos aparece el encinar cantábrico de encina o carrasca (Quercus ilex) y, de forma marginal, el roble pubescente (Quercus humilis). En las vaguadas húmedas y los bordes de agua se desarrollan avellanedas de avellano (Corylus avellana) y saucedas de sauce (Salix spp.), mientras que en los ambientes más térmicos se reconoce un bortal o maquis con madroño (Arbutus unedo).
Los espacios abiertos, favorecidos por el abandono minero y la gestión ganadera, están ocupados por extensos brezales atlánticos y argomales dominados por la argoma o tojo (Ulex europaeus) —la formación más amplia del biotopo—, junto a espinares calcícolas, zarzales de zarza (Rubus ulmifolius) y helechales. Completan el aprovechamiento ganadero los pastos de diente, las praderas montanas de Agrostis y Festuca y los prados de siega atlánticos. Una parte importante de la superficie está ocupada, además, por plantaciones forestales de especies alóctonas, principalmente pino de Monterrey (Pinus radiata), ciprés de Lawson (Chamaecyparis lawsoniana), eucalipto (Eucalyptus sp.) y roble americano (Quercus rubra), cuya progresiva sustitución por frondosas autóctonas es uno de los objetivos de gestión del espacio.
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