El Monumento Natural del Puente de Fonseca se localiza en el término municipal de Castellote, junto al núcleo de Ladruñán, en la comarca del Maestrazgo, provincia de Teruel. Protege una superficie de 248,54 hectáreas en torno al cauce y la ribera del río Guadalope y a los relieves y cortados calcáreos de la Umbría de la Perona y de Minarete, con altitudes que oscilan entre los 640 y los 1.100 metros. Su elemento más singular es un puente de origen natural: una formación fluvio-kárstica, en concreto una toba o edificio travertínico generado por la precipitación del carbonato cálcico que el propio Guadalope acabó horadando, abriéndose paso a través de él hasta originar un túnel fluvial que en este punto llega a dividirse en dos brazos.
El espacio fue declarado mediante el Decreto 197/2006, de 19 de septiembre, del Gobierno de Aragón (BOA de 2 de octubre de 2006), que protegió conjuntamente este enclave y las Grutas de Cristal de Molinos; su gestión se ordena a través del Plan de Protección aprobado por el Decreto 272/2015, de 29 de septiembre. Además, se integra en la Red Natura 2000 —dentro de la ZEPA Río Guadalope-Maestrazgo y del LIC/ZEC Muelas y Estrechos del río Guadalope— y forma parte del Geoparque del Maestrazgo, junto a los otros tres monumentos naturales de la comarca.
El protagonista del espacio es el propio Puente de Fonseca, un arco de roca labrado por el río Guadalope sobre un edificio de toba calcárea. La formación se generó cuando el carbonato cálcico disuelto en el agua precipitó sobre plantas, restos orgánicos y sedimentos, creciendo hasta que el río atravesó la barrera y excavó el túnel actual. Se trata de un proceso poco común en los ríos aragoneses, lo que convierte a este enclave en un ejemplo claro de geomorfología fluvio-kárstica. La humedad y el sustrato de toba crean además un microclima singular que contrasta con el ambiente mediterráneo dominante en el entorno.
El acceso al puente se realiza a pie por dos itinerarios señalizados: el SL-TE 31 “Ladruñán-Puente de Fonseca” y el SL-TE 32 “El Higueral-Puente de Fonseca”, que conectan los núcleos de Ladruñán y La Algecira y el paraje de El Higueral con el puente natural, discurriendo por la margen del Guadalope entre azudes y antiguas centrales hidroeléctricas. También puede aproximarse en vehículo todoterreno por la pista que conduce al aparcamiento de El Arenal, próximo al área del yacimiento arqueológico.
Muy cerca del puente, en el entorno de La Algecira, se conservan abrigos con arte rupestre levantino, incluido en la declaración de Patrimonio Mundial de la UNESCO del Arte Rupestre del Arco Mediterráneo de la Península Ibérica. Entre los conjuntos descritos en la zona se citan abrigos como La Vacada, El Pudial o el Torico de La Algecira. Estas manifestaciones añaden un notable valor cultural y arqueológico al interés geológico y natural del monumento.
El Puente de Fonseca es uno de los cuatro monumentos naturales del Maestrazgo turolense, junto a las Grutas de Cristal de Molinos, los Órganos de Montoro y el Nacimiento del Río Pitarque, todos ellos integrados en el Geoparque del Maestrazgo. Este marco territorial pone en valor un paisaje de relieves abruptos, hoces fluviales y bosques mediterráneos modelado entre la Cordillera Ibérica y la Depresión del Ebro, donde los procesos geológicos se aprecian con especial claridad.
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Los cortados y paredones calcáreos del monumento, integrados en la ZEPA Río Guadalope-Maestrazgo, acogen una notable comunidad de aves rupícolas, encabezada por una nutrida colonia de buitre leonado (Gyps fulvus) y por rapaces como el águila perdicera (Aquila fasciata), el águila real (Aquila chrysaetos), el halcón peregrino (Falco peregrinus) y el alimoche (Neophron percnopterus), a las que se suman el búho real (Bubo bubo) y el avión roquero (Ptyonoprogne rupestris) en los farallones —un ambiente que, además, constituye hábitat potencial del quebrantahuesos (Gypaetus barbatus), hoy sin poblaciones asentadas en la zona—; ligados al curso fluvial aparecen el martín pescador (Alcedo atthis) y el mirlo acuático (Cinclus cinclus), mientras que en el matorral y el bosque mediterráneo se dejan ver la abubilla (Upupa epops), el águila culebrera (Circaetus gallicus) y el pito ibérico (Picus sharpei).
El río Guadalope y su ribera concentran buena parte del interés faunístico del espacio. Sus aguas albergan al escaso cangrejo de río (Austropotamobius pallipes), protegido por un plan de recuperación específico, y constituyen el territorio de caza de la nutria (Lutra lutra). La buena calidad del agua sostiene una comunidad piscícola con trucha común (Salmo trutta), barbo colirrojo (Barbus haasi), madrilla (Parachondrostoma miegii), pallipes (Achondrostoma arcasii) y colmilleja (Cobitis paludica).
Entre los mamíferos terrestres destacan el jabalí (Sus scrofa) y la cabra montés (Capra pyrenaica), cada vez más abundante en estos cortados. En el conjunto de hoces del Guadalope se citan además el corzo (Capreolus capreolus), el zorro (Vulpes vulpes), el gato montés (Felis silvestris), la gineta (Genetta genetta), el tejón (Meles meles), la garduña (Martes foina) y el lirón careto (Eliomys quercinus). Asociadas a los márgenes y zonas húmedas aparecen también varias culebras, como la culebra viperina (Natrix maura), la culebra de collar (Natrix natrix) y la culebra de escalera (Rhinechis scalaris).
La vegetación del monumento está condicionada por el fuerte contraste entre la humedad ligada al río y la sequedad del entorno, de carácter mediterráneo, así como por la orientación de las laderas y por la recuperación posterior al incendio de 1994. La humedad y el sustrato de toba calcárea generan un microclima que facilita la presencia de musgos y helechos, y favorecen una flora rupícola de interés en los paredones, con especies como el culantrillo de pozo (Adiantum capillus-veneris) y el té de roca (Jasonia glutinosa), además de diversas especies botánicas endémicas de notable valor ecológico. En la ribera del Guadalope prosperan las formaciones de sauce (Salix spp.), chopo (Populus nigra) y álamo (Populus alba).
En las laderas más alejadas del cauce se desarrolla un bosque mediterráneo más o menos denso en el que predomina el pino carrasco (Pinus halepensis), acompañado de forma escasa por el madroño (Arbutus unedo) en las umbrías y, más abundante, por el almez o latonero (Celtis australis) en las zonas abrigadas. En el conjunto de hoces del Guadalope al que pertenece el espacio, las formaciones forestales se completan con carrasca o encina (Quercus ilex), quejigo (Quercus faginea), sabina negra (Juniperus phoenicea), coscoja (Quercus coccifera) y boj (Buxus sempervirens), junto a pinares de pino laricio o salgareño (Pinus nigra) y pino silvestre (Pinus sylvestris), con presencia local de tejo (Taxus baccata) y acebo (Ilex aquifolium) en los enclaves más húmedos.
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